Decía el maestro Antonio Gaudí que “la vista es sintética, y la vida se aprecia con la vista”, y es eso, propiamente dicho, lo que un espectador puede apreciar en la pintura de Bartolomé, una sintetización de los espacios en los que queda mimetizada la vida. Dichos espacios, generalmente naturales, se reflejan de una manera sensitiva para acercarnos a nuestro interior y recordarnos la finitud humana frente la monumentalidad eterna de la naturaleza. Esta monumentalidad está expresada en todos los elementos, que se complementan en una búsqueda continua de lo sublime.
El mundo pictórico de Bartolomé presenta una ambivalencia entre dos mundos artísticos, el tradicional y el postmoderno, ya que detrás del realismo pictórico se esconde una continua lucha por la recuperación del clasicismo, y plantea un intento por hacerlos conciliar. Quizá se deba a su formación y personalidad, ya que, sobre la base del artesano pintor, se ha ido construyendo una forma de ser sustentada por dos pilares, el amor por lo cercano y el desarrollo intelectual.
Por tanto, en sus pinturas nos encontramos ante tridimensiones en las que la compleja paleta de colores nos lleva hacia la disyuntiva entre ayer y hoy, cercanía y lejanía, alegría y melancolía, maximización y minimización, física y metafísica, en definitiva, la vida.
Antonio Alcalá Gutiérrez
«La obra de Bartolomé Junquero se destaca por su atención a lo que el tiempo ha dejado con huellas de soledad y silencio; pero de una quietud que él quisiera redimir en lo que pinta con capas coloristas de un sol radiante, el sol que nos inunda por esta parte privilegiada del mundo para terminar y volver a empezar cada día en unos crepúsculos y amaneceres sin alteraciones bruscas, es decir, en su eterna canción poética de ida y vuelta.
A veces nos muestra en sus cuadros un cierto envolvente nebuloso y nostálgico, como si fuese el llanto místico de una despedida, y es quizá por ello que no quiera hacer testimonio de figura humana, cuando sabemos que el hombre es el único responsable de nuestro desastre ecológico.
Él solo dice, con su querido mar envuelto en atmósferas pictóricas de tintas semiapagadas que nos parece le sirviera para desahogar aquel lamento interno.
Él nos habla de su amor a la naturaleza ordenada y escueta, sin exhuberancias cargadas o estridentes: «La disciplina de lo natural» como en uno de sus folletos nos explica. Y no es que entendamos esa actitud como un reproche manido y teatral de rebeldía, sino que le atrae y le interesa todo lo que de arriba la luz envuelve y dignifica el mundo como el de ahora, el que nos ha tocado vivir y no nos gusta. donde respiramos la torpeza del feísmo y los escombros de nuestra propia corrupción»
Julio Ceballos
Académico correspondiente de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Sevilla
Nada es tan necesario para la creación artística como la intimidad del artista con su modelo. Hace tiempo que yo mismo he experimentado esto y, como en mis últimas etapas mi modelo ha sido la naturaleza, me he empeñado en crear ese momento mágico en el que me siento solo frente a ella.
Es solamente entonces cuando me habla, sin interferencias y sin ruidos. Es una experiencia única poder creer que ese espectáculo visual está ocurriendo sólo para ti. Es necesario vivirlo y , sólo entonces, tengo la necesidad de plasmar ese diálogo y esa comunicación. De eso nace mi obra.
He tenido que esperar mucho tiempo, muchos desaciertos y muchos descarríos, para poder comprender que mi necesidad de crear se parece mucho mas a una condena que a un premio, pues no puedo deshacerme de ella. Tengo que decir que es un yugo dulce y que la vida me ha hecho reo de algo que, sin estar exento de sacrificios y fracasos, alimenta cada día que pasa. Una vez que aceptes que esto es para toda la vida, lo único que te queda por hacer es intentar que el tiempo pase lo mejor posible y te propones disfrutar de este encierro, buscándole un sentido. Yo este sentido lo he encontrado principalmente en el hecho de poder mostrar a los demás las razones de mi disfrute, los lugares con los que dialogo.
Mi obra reciente se ha movido en varias direcciones: el paisaje urbano, el detalle arquitectónico y, principalmente, el retrato de la naturaleza. Exposiciones como “El tiempo detenido” o “Pequeñas alegrías”, dan muestra de ello y son un ejemplo del tipo de paisaje que me llama a retratarlo. No me interesan los paisajes demasiado salvajes, no los reconozco como míos. Lo asilvestrado o lo frondoso no forma parte de nuestro entorno. Por eso la exhuberancia vegetal me resulta demasiado exótica. Tampoco me interesa la naturaleza domesticada en la que la mano del jardinero o del paisajista, resulta evidente. Eso lo convierte para mí en algo artificial.
La naturaleza que me interesa es la que se ha moldeado así misma, la que con una disciplina natural conoce sus límites y los respeta, la que refleja el sol y la luz, la que se muestra orgullosa en su tímida desnudez…por eso, mi verdadero interés se centra actualmente en lugares abiertos y sencillos para poder
retratarlos en su mejor pose y contribuir en lo posible a difundir su belleza.
Sería muy fácil para mi pasear por la playa pincel en mano y encontrar mil y una razones, mil y un rincones para plasmar sus encantos. Luego, el resultado de la obra será testigo una vez más de esos diálogos en soledad con la naturaleza de los que hablaba, y un paisaje más se sumaría a mi catálogo personal. Pero en
este caso, me da la sensación del que el trabajo no estaría acabado. Éste lugar, indudablemente de culto para algunos y desconocido para muchos otros, merece que, a riesgo de que llegue a quienes quizá no lo merezcan, se ponga en valor su belleza y se acerque a quienes quieran disfrutarlo.
No pretendo hacer una campaña de publicidad sino un homenaje. Un verdadero ejercicio de voluntad en el que, como propietario orgulloso, poder exhibir algo que siento que me pertenece y que no puedo tener por más tiempo sin enseñar.
Además, ni que decir tiene, que el mar como modelo me resulta de una solvencia increíble y de una fotogenia magistral, lo que contribuirá positivamente a facilitar que el resultado de la muestra que conforme mi obra aparezca interesante tanto en los aspectos anteriormente descritos, como en el ámbito
meramente pictórico. Con esto podemos satisfacer al amante de la naturaleza, al aficionado a la pintura paisajística o al curioso de aquello que nos rodea.